Sebastián huyó aterrado y D. Carlos llegó á reunirse con el Padre, que sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde había corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la sepultura.
Un momento después los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la contraseña.
La noche estaba fría y silenciosa, el aire parecía repetir las quejas de los heridos y al mismo tiempo se oían rumores como de tropa que marchaba.
A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban á lo lejos, se hubiera dicho que la ciudad estaba en la más profunda calma.
XXXVII.
El cuartel distaba mucho del convento y tuvieron que detenerse varias veces para ser reconocidos por algunas guerrillas que protegían la marcha de los fugitivos y evadirse de otros soldados ebrios que decían blasfemias, disparando sus armas al aire.
En el zaguán del cuartel tropezaron con algunos cuerpos muertos que habían sido arrastrados allí por falta de tiempo para sepultarlos.
El silencio reinaba en aquel edificio abandonado, un hedor de sangre y de pólvora infestaba las obscuras galerías cuyas paredes húmedas ofrecían, á varios trechos, rótulos infamatorios escritos con carbón.
Leños, municiones y fusiles rotos, estaban esparcidos por el suelo y del fondo de un corredor salían murmullos y gemidos.