Al entrar en la pieza obscura donde se oían aquellos lamentos, D. Carlos que llevaba el farol, distinguió en el suelo un bulto informe cubierto con una jerga sucia y agujereada; era el cadáver de un sargento joven, rubio y grueso que acababa de morir; tenía las manos ensangrentadas y en su rostro quedaba impreso el último gesto de la agonía.

D. Carlos se inclinó sobre el cadáver para tocarle la frente y cerciorarse de que no le quedaba un resto de vida, mientras el Padre se había dirigido al fondo de la pieza porque le pareció escuchar un quejido.—Venga Ud. con la luz,—dijo á D. Carlos—aquí está una mujer agonizando.

En aquel suelo húmedo, sobre una estera inmunda, teniendo por almohada un rollo de harapos, estaba tendida una joven luchando con las convulsiones del cólera.

Pálida y bella, casi desnuda, con el pelo destrenzado y la cabeza vuelta hacia atrás, lanzaba por todas partes miradas moribundas.

Parecía una flor marchita en la mañana de su vida, una paloma muerta y pisoteada en el fango.

XXXVIII.

D. Carlos aproximó la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un estremecimiento, lanzó un grito de terror y cubriéndose el rostro con las manos exclamó:—¡Dios mío! ¡El muerto! y quedó desmayada.

A la vez D. Carlos tiró el farol gritando:—¡María Luisa! ¡María Luisa!

La pieza estaba completamente obscura.

En el arrebato del momento, el amante de María se arrojó sobre ella para estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo diciéndole con voz terrible: