Bañada en lágrimas contó al Padre cómo había rodado de abismo en abismo y cómo fué tan ingrata con aquel hombre virtuoso que tanto la había querido y perdonado, hasta quedar esclava del sargento que yacía muerto cerca de ella.

Después de un rato de angustiosa fatiga, el enfriamiento del cólera se apoderó de su corazón y con acento suplicante dijo:—Padre, le ruego que por caridad, llame á el alma de Carlos y en mi nombre, pídale perdón.

Al punto dejó caer su lánguida cabeza como la flor que rueda por el suelo cuando un vil gusano ha llegado á morder su tallo vacilante.

Su agonía fué tranquila y momentánea.

El Padre no quiso decirle que D. Carlos existía; poniendo entre sus manos un pequeño crucifijo, pronunció en su oído palabras de salvación.

La pobre mujer volvió á balbucear el nombre de D. Carlos y murió.

XL.

El infatigable Guardián salía de aquella sala en busca de otros moribundos cuando llegó D. Carlos con el médico; mientras éste se dirigía al salón de los heridos, el Padre fué á encontrar á su amigo, le señaló el cielo y lo abrazó exclamando:—¡Es la voluntad de Dios!

—¡Murió!—dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.