Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el cuartel abandonado.

Apenas se oía en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas aves nocturnas atraídas por el olor de la sangre, y las quejas lamentables que salían del obscuro departamento de los heridos como de un antro de dolores.

Callado, inmóvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y el corazón aterido, permanecía D. Carlos mirando el cadáver como si se dejara llevar por un sueño que le presentase todos los recuerdos de su vida, desde cuando María Luisa era niña y le pedía socorro, hasta el día en que la dejó seguir su propio destino.

Aquel techo negro que parecía tapizado de cortinas fúnebres, aquel cuerpo inanimado, rígido, casi desnudo y bello todavía, semejando una de esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros antiguos; un amante desolado llorando á sus piés, otro cadáver más allá en la actitud de la desesperación y el sacerdote orando á la luz de la moribunda lámpara, formaban un cuadro tristísimo y solemne.

XLI.

El Padre José, respetando el dolor de D. Carlos, se retiró á seguir su oración en la obscuridad; de tiempo en tiempo alzaba la voz para repetir alguna de estas lamentaciones del libro de Job:

"¡Dios mío! Tú sólo sabes los límites del infinito y eres dueño de la vida y de la muerte...... Tú me la diste y tú me la quitaste...... Bendito sea tu santo nombre."

Habiendo dado el sabio religioso algunos consejos á su amigo, refiriéndose á María Luisa terminó:—Era una mujer de grandes pasiones.

—¡Era un ángel que Lucifer arrastró al mundo y el mundo le cortó las alas!—replicó D. Carlos con desesperación.