A pesar de las huellas que deja el cólera en el semblante de sus víctimas, en los labios de la muerta parecía vagar una sonrisa; sus manos apretaban con fuerza el crucifijo; diríase que su pecho palpitaba al contacto de aquella prenda de redención.

Mas en su mejilla se advertía una cicatriz honda y obscura, era el estigma indeleble, que como un cauterio imprime el vicio con sus besos de fuego.

Después de unos instantes de angustioso silencio, D. Carlos alzó la frente diciendo con amarga expresión:

—Padre: ¿Ahora qué hacemos?

—Vamos á darle una sepultura digna de su postrer arrepentimiento,—contestó el anciano envolviendo el cadáver en su propia capa.

Entonces D. Carlos, ardiendo todavía en aquella pasión que lo había subyugado siempre, se arrojó sobre el cuerpo de María, lo abrazó por primera vez, como si quisiera deshacerlo ó inspirarle nueva vida y poniéndolo sobre su hombro derecho, salió de aquel triste lugar precedido por el Padre que llevaba el farol.

XLII.

Las calles estaban desiertas, el aire gemía tristemente y las estrellas temblaban en el firmamento que revestido de un azul obscuro y profundo, parecía un gran sudario salpicado de lágrimas.

El convoy fúnebre, compuesto de la desgracia, la virtud y la muerte, pasaba silencioso entre las sombras.