El Padre iba por delante diciendo en voz baja los salmos penitenciales y alumbrando á su amigo que apenas podía caminar con aquella carga tan pesada y tan querida.

María Luisa gravitaba sobre D. Carlos aun después de la muerte.

Su mejilla dura y helada tocaba el cuello ardiente del joven y su hermosa cabellera movida por el viento, acariciaba el rostro de D. Carlos, como para enjugar su llanto en señal de póstuma é inútil gratitud.

Él caminaba oprimiendo sobre su corazón el cuerpo de María Luisa y el Padre á veces detenía su marcha para alumbrar mejor y contemplaba con asombro aquel tardío himeneo de la muerte con el infortunio.

Cuando llegaron al convento, el Guardián abrió la iglesia con una llave que siempre llevaba y D. Carlos corrió á depositar el cadáver de su amada en la capilla de la Virgen que lo había salvado del suicidio, quedando mudo é inmóvil reclinado en el altar.

XLIII.

El Padre salió de la capilla y regresando luego con la pala y el azadón del jardinero, acabó de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas horas antes había estallado la granada.

¡Triste destino el de aquella mujer excepcional, que después de haber pasado su vida en la constante anarquía de las pasiones, hubo de hallar un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolución!

En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneración pusieron ambos el cadáver en su lecho de tierra.

D. Carlos colocó en el rostro de María su pañuelo mojado con lágrimas.