Él lo había dicho: la vida de María era su vida.
El anciano sacerdote que debería tener un cuerpo de hierro para resistir tantas fatigas y un corazón de oro para padecer y amar como él sufría y amaba, tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendió al pié del altar y dió gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre hombre que ya no podía vivir con una llaga tan grande abierta en el corazón.
Luego se dirigió al pórtico de la iglesia donde Sebastián dormía y lo despertó.
El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no podía dormir bien, por lo que se levantó muy asustado murmurando:
—Mande mi padre.
—Sebastián,—le dijo el religioso con triste acento:—ahora ya puedo permitirte que veas y abraces á tu amo,—y lo invitó á entrar en el templo.
El mendigo lo siguió aturdido.
XLV.
Aquel gallego de corazón duro, envejecido en el indiferentismo de la vida material, aquel asesino que sabía matar á sangre fría, dió un grito de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irguió con desesperado esfuerzo y soltó su bastón diciendo:—¡Mi amo! ¡Mi padre! ¡Mi hijo!—luego llorando se dejó caer y besó los piés del cadáver.