Pasado un breve rato, dijo el Guardián:—Es preciso darle un sepulcro ignorado como él me lo pidió.

Con los útiles que en la noche anterior habían quedado tras de un altar, cavaron una sepultura junto á la de María Luisa.

Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre José le quitó del cuello la medalla que María le había dado cuando era niña y la entregó al mendigo, que la besó llorando.

Por último, tomó el padre la mano del cadáver, la estrechó fuertemente é invocando el espíritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retiró.

Sebastián cubrió la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que arrojaba, iba mezclada con su llanto.

Al otro día ofreció el Padre José un sacrificio ante los sepulcros de aquella pareja infortunada y cuando se proponía descansar de tantas impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.

XLVI.

Aquel religioso septuagenario, que como el Apóstol de Corinto, había sido varias veces proscrito, encarcelado, herido y sentenciado á muerte, así como también querido y venerado por ciudades enteras, aun debía soportar un golpe más en castigo de ajenos delitos.

Pero la paz inmaculada de su conciencia no se alteraba con las ingratitudes ni las aclamaciones ni los golpes de fortuna.

En tantos años de pruebas y combates adquirió una filosofía profunda y elevada; todos los sobresaltos de su vida los consideraba dirigidos por la mano de Dios.