Si se hubiese ilustrado entre los sabios de la antigua Grecia, sin duda hubiera sido jefe de una escuela fatalista.
En la Edad Media, no de otro modo que Pedro el Ermitaño, hubiera podido con su fe y su valor arrojar á medio mundo sobre el otro; pero en los tiempos de positivismo, de negaciones y de dudas en que vivió, sólo era un pobre fraile que curaba enfermos y enterraba muertos, un héroe olvidado que como el santo poeta de la Arabia, luchaba con amigos y enemigos, diciendo tranquilamente á la hora de las grandes vicisitudes: "Ha de llegar el día de la compensación y aunque hubiere muerto viviré."
El alto funcionario que buscaba al Guardián era un joven abogado, correcto y elegante, que había sido educado por el mismo Padre José.
Estimábanse ambos cordialmente, el Licenciado respetaba á su maestro y siempre oía su voz como la de un oráculo.
Aquel día, sentados el uno frente al otro, tuvieron la siguiente conversación.
XLVII.
—Padre, hoy estamos de plácemes y yo me congratulo más, porque traigo para Ud. una buena noticia.
—Ciertamente debemos felicitarnos porque ya cesó el derramamiento de sangre y la peste va desapareciendo.
—Hay más todavía; el Señor Gobernador me manda participe á Ud., que acaba de salir el decreto de expulsión para los súbditos españoles; razones de alta política y necesidades de la situación han obligado á dar este paso; pero dice Su Excelencia, que como Ud. es más mexicano que español y por sus servicios hechos á la patria tiene títulos gloriosos y derechos á la gratitud nacional, será Ud. una excepción, pudiendo permanecer con nosotros.
—¿Y á qué otras personas exceptúa ese mandato?