Arrodillado el anciano religioso ante el altar de aquella Virgen que tanto amaba y de quien había recibido consuelos y milagros, se despidió de ella y oró por sus hermanos, por su patria, por la paz de México y por el alma de D. Carlos.

Luego dirigiéndose al viejo inválido, le dijo suavemente:

—Levántate, porque ya nos vamos.

—¿A dónde, Padre?—Murmuró Sebastián poniéndose en pié.

—Al destierro.—Contestó el prelado;—Tú también eres hijo de España y todos debemos obedecer á Dios y á los que gobiernan en su nombre.

Pero yo soy gallego,—insinuó Sebastián vivamente impresionado y añadió en el acto como para dar más peso á su respuesta:—¿Y cómo dejaremos á D. Carlos?

—D. Carlos ya no necesita de nosotros.—Dijo el Padre haciéndole seña de que lo siguiera, y ambos dejaron el templo.

Temiendo ser vistos y detenidos por el pueblo, que según se sabía, estaba dispuesto á impedir la partida de su bienhechor, salieron por la puerta del campo y hacia el Sur de la ciudad tomaron un camino sólo frecuentado por los pastores y los contrabandistas, en la falda del Monte Albán.

El Padre caminaba por delante rezando en voz baja; Sebastián cojeando lloraba y le seguía.