La aurora los sorprendió al llegar á la cumbre de una colina, donde la vereda desciende con dirección al Valle Grande.

Allí existe todavía una triste acacia que abre sus ramas horizontalmente, como para ofrecer al viajero la única sombra que puede hallar en ese lado de la montaña.

En aquel punto se pararon ambos de repente y volvieron la vista hacia la ciudad.

Habían oído la campana de su convento llamando á la oración.

La brisa de la mañana movía ligeramente la barba del Padre José y refrescaba la frente ardorosa de su compañero.

LI.

El cielo empezaba á teñirse de un color anaranjado, la suave luz del crepúsculo dibujaba en líneas indecisas á través de una niebla ligera, el panorama de la ciudad con sus jardines, sus casas blancas y sus torres encarnadas.

Las aves al despertar hacían salir armoniosos murmullos de las copas de los árboles.

El río de Atoyac, brillante y perezoso, parecía una serpiente de plata durmiendo á los piés de la vieja ciudad, y en el fondo de aquel cuadro, el monte azul de San Felipe ocultaba sus altas crestas entre nubes de aljofarada filigrana.

El Padre permaneció un momento sereno y pensativo.