Al compás de una música suave, cuyas notas remedaban suspiros y plegarias, salían del claustro inmediato voces melancólicas y dulces que clamaban: "Ruega por nosotros, María, madre de los huérfanos, ángel de los ángeles, consuelo de los desgraciados, reina del paraíso, salud de los enfermos."

—¡María! ¡María!—Exclamó D. Carlos con voz desgarradora y se dejó caer en el sillón poniéndose una mano en la boca como si temiera descubrir algún secreto misterioso.

La música cesó, los padres que habían llevado la estatua desde la iglesia, la colocaron sobre la mesa y pusieron á sus piés dos velas encendidas y un gran libro con broches de oro, retirándose inmediatamente.

Después de cerrar la puerta, el prelado dijo cariñosamente á su amigo:—Ya tiene Ud. á la virgen; ahora vamos al banquete.

D. Carlos no respondió; continuaba sentado pasándose á veces la mano sobre la frente como para desechar algún pensamiento que lo tiranizaba.

Su pecho se deprimía y se ensanchaba con precipitación y sus lágrimas rodaban hasta el suelo.

El momento era grande y solemne.

La mesa del suicida se había convertido en altar de la misericordia.

XII.