El sacerdote aproximándose á la mesa se inclinó profundamente, colocó el cáliz á los piés de la imagen y alzó los ojos al cielo exclamando con aire de inspiración:
"Llego ante el altar de Dios que me rejuvenece y me consuela........."
"Quiero bañar mi corazón en la fuente de la vida....."
"Alma mía...... ¿Por qué estás triste?......"
"Yo, pecador, me confieso y me arrepiento...... ¡Dios mío!...... Tened piedad de mí...... Por mi culpa, por mi culpa......"
—¡No, Padre, yo no tengo la culpa!—gritó D. Carlos parándose y volvió á sentarse arrepentido de haber hablado.
El Padre continuó:
"Gloria á Dios en el cielo y paz en el alma conturbada de la pobre humanidad......"
Luego fué á un lado del altar y después de examinar la carta que para él vió en la mesa, abrió el libro de los sellos de oro y leyó en voz grave, dirigiéndose á D. Carlos:
"No hay corazón que no tenga una herida oculta."