El joven abrazó al bondadoso anciano contestándole:—No, Padre, no me deje Ud. solo... Está hundido mi corazón en un abismo de pasiones...... Me quedo en el convento, pero...... necesito decirle todo lo que sufro y depositar en su seno mi pasado y mi dolor.

—En el seno de Dios que todo lo sabe y todo lo perdona,—repuso el Padre con acento convulsivo abrazándole también.

Una ráfaga de viento apagó las velas y la celda quedó en completa obscuridad.

XIV.

Cerca del amanecer salió el Padre José con dirección á la calle y pronto regresó acompañado por el médico del monasterio.

Una fiebre violenta estaba devorando el cerebro de D. Carlos.

Tendido en la cama, con la mirada vaga, el rostro enardecido y sin conocer á las personas que le asistían, era presa de repetidas convulsiones.

Todo aquel día estuvo diciendo palabras incoherentes y quejándose de dolores en la cabeza y frío en el corazón.

Por la noche cayó en un profundo letargo.