Después de un intervalo de recogimiento y adoración profunda, el celebrante rezó el Padre nuestro, mas cuando dijo: perdónanos como nosotros perdonamos, alzó D. Carlos su ardorosa frente y con acento de febril resolución gritó:—No, Padre, yo no perdono...... me es imposible perdonar......
El Padre leyó una vez más en el libro de la sabiduría:
"¿Qué importan las injusticias de los hombres, si es tan corta la noche de la vida, que de un momento á otro hemos de contemplar el sol eterno de la eterna justicia?"
"El más sabio, el más justo, el más santo de los hombres, el Hijo de Dios, vino á la tierra para sufrir y perdonar...... Amó á los pobres, curó á los ciegos, sanó á los enfermos y resucitó á los muertos...... pero los ciegos, los enfermos y los ingratos exclamaron: ¡Que muera! Y fué crucificado...... Mas en el instante supremo del martirio, le dijo á su Padre: Perdónalos......... Y murió por culpas nuestras."
Al oir estas sublimes palabras, D. Carlos hacía esfuerzos para contener su llanto y pronunciaba frases incomprensibles, exhalando sordos gemidos.
Por fin se resolvió á perdonar, á esperar y pedir......
Oró con la devoción del creyente y el fervor del náufrago.
Pronto se sintió menos fatigado, porque la oración es el alimento del espíritu y hay muchos dolores que sólo se calman con el bálsamo de la plegaria.
El Padre había vuelto á cubrir el cáliz y contemplando cariñosamente á su amigo, le dijo:
—Adiós; he cumplido mi palabra y dejo á Ud. muy bien acompañado.