Ya la estrecha celda en la que, entre los dulcísimos y consoladores salmos del cristianismo y la luz temblorosa de los cirios, descuella, como lucero de esperanza, en las borrascas del espíritu la ideal imagen de la Madre del Redentor del Mundo.

Pero............ no quiero continuar, os lo repito. Leed la obrita que puede penetrar desde el gabinete de un filósofo hasta el casto retrete de una virgen. Leedla, que es sana y no dañará vuestro espíritu como tantas otras de que se ruborizaría la biblioteca de un templo de Lupercio, y que sin embargo, con cien trompetas recomienda la prensa.

Y entre tanto, reciba el elegante escritor oaxaqueño, D. Andrés Portillo, nuestras humildes pero cinceras felicitaciones.

Tomás Domínguez Yilanes.

PRIMERA PARTE.

I.

Era joven aún este siglo XIX que hoy contemplamos anciano y moribundo, tan lleno de glorias y cargado de responsabilidades.

México había derramado su oro y su sangre por espacio de once años para librarse de la dominación española y lanzábase á la vida independiente con la vaguedad del hombre que acaba de tener un sueño penoso.

Se ensayaban todas las formas de gobierno, se convocaban congresos nacionales, se defendían principios y contraprincipios y había de una parte, quienes suspiraban por el régimen colonial, y de otra, quienes aplaudían las doctrinas más atrevidas de la revolución francesa.