"Uno de tantos viernes me había divagado mirando á Sebastián, que molesto y aturdido trataba de alinear á varios mendigos que me asediaban, y al sentirme tocado en un brazo me volví con violencia diciendo:—No me robes—á una niña muy pequeña, de rostro moreno, harapienta y desgreñada, que había logrado introducir su manecita en la bolsa del dinero."
"Ella corrió avergonzada para ocultarse en el grupo de limosneros, mas yo tuve tiempo de ver que á pesar de su desaliño, tenía un semblante muy agradable."
"El óvalo de su rostro era recto y puro, tenía unos ojos audaces y una dentadura blanquísima y perfecta."
"El viernes siguiente la encontré en la línea y notando que bajaba la vista al tenderme la mano, la dije:—¿Cómo te llamas?—María Luisa—murmuró con voz temblorosa pero muy dulce.—¿Y por qué pides limosna siendo tan chica?—repliqué.—Porque se murió mi madre—contestó tristemente y después de titubear unos momentos, prosiguió:—Mi tía que está enferma me ha dicho: anda á esa casa, allí hay un niño muy bueno que da bastante limosna."
"No pudo continuar la pequeña mendiga; sus ojos se llenaron de lágrimas y los míos también."
"Tal vez porque me había llamado bueno y caritativo, la dí algunas monedas más que á los otros y proseguí el reparto volviendo los ojos hacia el lugar donde había quedado inmóvil aquella niña infortunada."
XII.
"Desde aquel día María Luisa fué mi pobre predilecta."
"Todo el dinero que mi madre me regalaba era para ella."