"Mi tío ya me veía con agrado y me obsequiaba un peso cuando iba á entregar el importe de sus rentas á mi madre; también ese peso lo daba yo á la niña mendiga el próximo viernes y algo más que hacía quedara sobrando en la bolsa, con detrimento de los otros pobres."
"Un viernes advertí que María Luisa no se hallaba entre los pordioseros y habiendo pasado algunas semanas sin que se presentara, pregunté por ella á otra niña también pequeña y desaliñada, pero no tan amable, la cual me contestó fríamente:—No sé."
"Luego me dirigí á un inválido, quien después de consultar á su memoria, me dijo:—Creo que se murió."
"En el acto una mujer que tenía varias cicatrices en la cara, murmuró dirigiéndose á otra:—Si se murió hizo bien, porque esa muchacha iba á tener mal fin."
"Aquel día subí á dar á mi madre cuentas de su encargo sin satisfacción alguna y me parecieron ingratos y repugnantes todos los limosneros."
XIII.
"Por algún tiempo no pude olvidar aquella cabellera mal rizada de la pobre María Luisa, aquellos ojos negros ardiendo y aquel pecho turgente que veía temblar á través de los harapos."
"El colegio adonde concurría, distaba poco de mi casa y nunca iba más lejos; pero una mañana, por comprar libros, tomé distinta calle."
"Al entrar en un portal, me sentí estrechado suavemente por unos brazos delgados que en el acto me soltaron y contemplé junto á mí á María Luisa, que vestida de limpio, animada y risueña me ofrecía una manzana y me señalaba la esquina del portal diciendo con encantadora sencillez:—Ya vendo fruta."