El viajero procedente de la Capital tenía que dar cuenta minuciosa de los acontecimientos políticos más ó menos desastrosos que allá se repetían y de las fatigas soportadas en el camino durante quince días.

Para D. Carlos había en aquel monasterio un asunto más que tratar y aun discutir, muy grave ciertamente, y era el afán con que procuraban conquistarlo para que se hiciera fraile.

En otra ocasión se había excusado diciendo que su carácter parecía incompatible con las reglas monásticas y hablando cortésmente sobre las reformas que necesitaban los conventos.

El Padre José no tenía parte en aquellas discusiones; mas preocupado con la misteriosa enfermedad de su huésped, aquel día se permitió indicarle, que para ciertas dolencias no podría encontrarse mejor remedio que la paz y la soledad del claustro, terminando por invitarlo á que se quedara en el convento aunque no profesara.

D. Carlos, que por entonces sólo podía ocuparse de sus tristes ideas, continuó mintiendo y esforzándose por aparecer alegre, locuaz y aun descreído; dijo que la vida del claustro era fría, monótona é imposible para él y aseguró que solamente apetecía las distracciones y placeres que había venido á buscar en Oaxaca la víspera de Navidad.

—No obstante, yo me haría fraile—dijo con entusiasmo—si Udes. me proporcionasen aquí tertulias, banquetes, bailes......... aunque no fuera con frecuencia.

—Nadie puede resolver los problemas de la Providencia—contestó el anciano Guardián con acento de grave cortesía.—Si esa es la única condición, todo lo tendrá Ud. y en esta noche buena, por principio, le daremos un festín.

—¿Y habrá buen vino?

—Sí, señor.

—¿Concurrirán señoras?