LXIX.
"Oyendo y mirando alternativamente, llegó un momento en que percibí que María, esforzándose por hablar con una voz armoniosa y suplicante, clamaba:—No, No.—Y á pesar de todo estaba yo sintiendo que la amaba irresistiblemente."
"Trascurrido un largo rato en el que padecí todos los vértigos del infierno, la vela desapareció de la mesa."
"Mis ojos se cubrieron con un velo de sangre, á través del cual miré á la ingrata que risueña, despeinada, y en estado de completa ebriedad, se dirigía con negligente paso á su alcoba y tras ella, llevando la vela, el joven panadero aquel de quien tanto había yo desconfiado."
"Al llegar junto á María, la tomó del talle para sostenerla y ella luego le puso la mano en el hombro con voluptuosa languidez."
"Ante la evidencia de los hechos me sentí aterrado, las sienes me latían violentamente y queriendo ver más todavía, me aproximé tanto al horrible agujero, que toqué la llave con la frente haciendo ruido como si quisiese abrir la puerta."
"En el acto María dió un grito de espanto, el hombre se estremeció, dejó caer la vela y todo quedó en la más negra obscuridad."
"Entonces yo me erguí con penoso esfuerzo y no pudiendo continuar en pié, caí hacia atrás causando tal ruido, que sin duda lo percibieron aquellos desdichados."
"¡Ay Padre! Sólo Dios sabe lo que sufrí en aquel lugar."
Aquí desfalleció la voz de D. Carlos, mas reponiéndose á pocos instantes, continuó: