Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer la paz que «hacer las paces».
Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la dicha eclipsada.
Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y las leyes humanas. He aquí—volviendo a nuestro primer argumento—uno de los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz. Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles en absoluto.
Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino, irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección; es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista. No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá dar escape al rencor en venganza.
Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y rencor.
Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio. Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.
¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de los contendientes no se rinda a discreción.
Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con cortesía te echa rosas a la cara».
La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón. Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»—dice Miguel Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas—. Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo—dice San Bernardo—; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.
Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan Crisóstomo—perdóneme el santo varón—debió llegar a la santidad por la influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.