Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo constantemente su definición de la paciencia, una de las principales virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para «hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo, hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».

Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen de la bondad.

Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa; quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón. Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.

Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. ¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso a toda palabra.

Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que, por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi pequeña ofensa.

En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:

«¡Ah, qué dulce es la sonrisa
Del hogar hermoso y tibio,
La recíproca mirada
Que denuncia regocijo,
Cuando al fin dos corazones
Se han fundido en uno mismo.
Y uno en otro confiados
Viven en su amor tranquilos.
¡Ah, qué santas alegrías!
¡Ah, qué goces no sentidos
Vuelan como blancas hadas
Por la cuna de los hijos!
¡Cada cuadro es un recuerdo,
Cada mueble es un amigo,
Cada lágrima es un beso,
Cada dicha es un suspiro!»

Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»

CROTALOGIA

Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo: críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado. Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso, ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.