—¿Crées que lo celebran?
—Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte—¡qué quieres, Marianela de mi alma!—no me explico ese silencio, ni esa reclusión, sin dejarse ver de nadie.
—¿Y qué te importa?
—Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con la tierra.
—Excepto adquirirla....
—Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
—¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.
—Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy politiquera—la mujer en su casita—; pero, claro, he tratado de explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de Europa. ¿Qué más dará?
—No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar carne que maíz.
—¡Ah!...