—El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
—Pero si se lo come, ya no hay maíz.
—Pero queda el chancho.
—Es verdad. ¡Que tonta soy!
—Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
—Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.
—El amor es un cristal de aumento.
—Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país necesita de usted»—le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es siempre el mismo hombre de acero.
—El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...
—Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...