—¿Por qué?

—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en casa—muy pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha.

—¿Y a dónde va?

—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me mortifica y me desespera.

—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? ¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los maridos distraídos en devaneos.

—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías—porque, eso sí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.

—Entonces, tus celos...

—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?

—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le querrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito nada más ¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos—suponiendo que los haya—no están bien más que en el cielo. Aquí, en la tierra, los calaveras—claro, con medida—son más amados que los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y traduce así mis argumentos: