—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...
—No he dicho zonzo; he dicho ángel.
—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...
—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.
—La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar me regaló el día de mi santo.
Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel no es bueno—agrega—porque me abandona».
—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los hombres son más capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme.
—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le intereso!
—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!
—O le interesa más el Jockey.