Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.
—No diga usted eso, señora.
—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
—Yo también la quiero a usted mu...
La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su congoja lo que no pudieron expresar sus labios.
—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno, bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?
—¿Por qué los llama usted cipreses?
—¿No te parece bien puesto el nombre?
—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, son todos iguales. Visto uno, vistos todos.
—Como ellos.