—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el sentimiento del vacío y de la nada.
—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?
—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo agradezco a usted...
—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.
—Lo dice usted por consolarme.
—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los 35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».
Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:
—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...
—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.
—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?