—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones para ser feliz.

—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu eran lo mismo, inmóviles.

—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?

—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»

—Y tú... ¿qué le dijiste?

—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito pensarlo...»

—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué dijo ante esa filigrana de respuesta?

—Dijo que él no lo había pensado; que...

—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...

—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí asunto de capital importancia».