—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...
—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza.
—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. Sigue...
—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres.
—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, no cultiva su espíritu y...
—Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...
—El ciprés.
—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un honor ofreciéndome su amor.
—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...
—Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...