—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...

—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas Carmen y Lucía?

Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba rápida:

—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me perseguía y que...?

—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había olvidado, porque creí que era una broma tuya.

—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.

—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?

—¿No lo sabe usted?...

—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

—Pues es Carlitos Nuezvana.