—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?

—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...

—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?

—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!

—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna desgracia.

—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a un tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna verdaderamente divina.

—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.

—Sí, ríase usted...

—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

—Gracias, gracias.