—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?
—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés, todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a disgusto.
—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...
Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.
—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?
—¡Con toda mi alma!...
—¿Le conozco yo?
—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...
—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?
Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.