—Sí, sí, ¡ay de mí!—dice tristemente mi dulce hermanita:—antes de llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas, con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!—¡y que no es orgullosa la señora!—; con los pagarés, con las hipotecas, con...

—¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. ¡Firmes!...

LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica, el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada, ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería orquestal.

La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos nunca en los asuntos de la casa ajena.

Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y «cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.

El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán, adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía, espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.

Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto para otra oportunidad.

Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o al no pagarlos—porque de todo hay,—al casarse, al reproducirse y al morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que un sauce.

Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.