—¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda atrás, y el que charla, sigue viaje...
—Para nosotras, para las señoras—salta la de Esquilón—la política está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo no sé qué falta, pero algo falta.
—Falta la presidenta—dice Petrona.—elemento necesario, imprescindible, de toda presidencia completa.
—¡Cierto, Petrona!—exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la tersa frente;—ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más triste y más lúgubre que una capilla protestante.
—Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores—apunta Petrona.
—¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy triste—agrega Margarita.—Además, no se necesita mucha plata para que el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos, murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo he dejado ya el luto—las cosas ¡ay! no tienen remedio—es la fiesta que más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!
—¡Ah, Roque...!—exclama Petrona.
—¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!—dice la de Esquilón.—Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las señoras.
—Mi familia por parte de padre—dice Petrona—siempre fue roquista; pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón, «concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»—añadió, dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.
La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como dice Ponson du Terrail».