—Si Eleuterio me hubiera hecho caso—afirma Petrona, siempre atenta al positivismo político—otro gallo nos cantara; pero se fue con los cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en una bandeja de plata.
—En política hay que moverse—dice la de Esquilón—; si no, no se saca nada.
—¡Claro!—asiente Petrona.—Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié; primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey; después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.
—Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las mujeres—afirma con aire sentencioso la de Esquilón.
—Siempre—sostiene con firmeza Petrona.—Pero lo cierto—agrega—es que falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras, aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.
—Así debe ser—digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política, deseo congraciarme del todo con Petrona;—así debe ser: el presidente preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.
—Debía ser como las monarquías—agrega la de Esquilón;—que no hay rey sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la gente del pueblo, o la Constitución—no sé bien—exige que se asegure la sucesión de la corona.
—En las monarquías—dice Petrona—todo marcha sobre seguro. En cambio aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.
La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes, según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. ¡Eso, eso es política!—termina la joven viuda, asfixiada por la emoción descriptiva».
Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud monárquica, en una palabra».