—Muchas gracias, Marianela.
—Está usted cada día más joven—la digo, aunque, en realidad, parece una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.
—No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques, hecha una ruina. Por un lado, los años—¡76, Marianela!—; por otro, los disgustos, que nunca faltan.
—¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
—Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo a pedirla que me ayude a resolver el problema.
—Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.
—Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al asunto. Sabe usted, como yo—mejor que yo quizá—que Carlitos, mi nieto, se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho, porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle, al irse, me ha palmeado a mí—ya sabe usted que Güemes es lo más cariñoso—y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está en el sacramento con música de marcha nupcial.
—El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran psicólogo.
—Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.
En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.