—¿Y ella?—preguntó.

—Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...

—Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud bastante rara.

—Ya sé que la quiere usted mucho.

—Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.

—Y que la protege usted.

—Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.

—Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»—me ha dicho con una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.

—¡Ah, es encantadora!...

—Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.