—No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser inmortal.

—Además, carece de fortuna.

—El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se la concede—respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres se defienden contra la vanidad de los ricos.

—Carece, igualmente, de apellido.

—No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.

—Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.

—Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, pregúnteselo usted a su nieto.

—El amor es loco, Marianela.

—Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento, la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un poquito.

—Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.