—Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
—¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido y con la fortuna de un Nuezvana?
—Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido y fortuna, y no haber espíritu.
—Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.
—Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la inmortalidad, como sus antepasados.
—Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque, con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí, lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?
—Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.
—Gracias, Marianela.
—No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.
—Gracias, gracias.