Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de olímpica y desmesurada soberbia.
¡¡DESAHUCIADO!!
Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción mía del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de «Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto, pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo perdurable y eterno modelo de los dolores de amor.
Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo. Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga—a pesar de mi carácter poco dado a la lucha—a defender a mi cuñado en una pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.
Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante, agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted que este papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la calidad de la misión que lo suscita y promueve.
Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.
Marianela.
Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas. ¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores. En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación, suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo, Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde, haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien tú sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme. Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.
Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.