Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas, sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna, apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante, encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.

—¡Marianela!!!...

—¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?

—Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las modistas se han demorado, y, por fin—¡ay, gracias a Dios!—hoy han traído lo que faltaba.

—¡Pues no llevas poco equipaje!

—Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que... ¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre algunos vestidos... y también quiero que veas los sombreros...; a ver qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir, veremos lo que te parecen.

Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas» no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y concierto de la palabra.

—Me voy a poner el corsé—dice—para probarme los trajes: yo me los pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!

—Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.

—Bueno... voy a ponerme el corsé.