—¿Quieres que te ayude?
—Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.
La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial, porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica.
—¡Estás lindísima, hijita!—exclamo, mientras corro los cordones del corsé.
—Como si no me hubiera casado—dice ella, resumiendo en esta frase todo cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.
Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes» correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas combinaciones.
Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita, precioso!—exclamo cada vez que se pone uno;—todo cuanto te pones te cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra, compendio y resumen de la gracia femenil».
Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y remonona criatura.
De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.
—¿Y éste?—pregunto.