—Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?

—¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...

—¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar, de vez en cuando, que una, es viuda.

En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de «mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices fuimos!...»

Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón, inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.

—Ya no tiene remedio, hijita—la digo para consolarla y ahuyentar la triste visión.

—Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué energía, qué brío! ¡Yo creo que hubiera ido lejos!...

—¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario, Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.

—Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te parece este traje?...

—¡Precioso!...