—Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo no sé cuántos...

—Cuarenta y seis.

—Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me quedan lágrimas.

—Mucho, me gusta mucho.

—Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo ¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer a nadie como...

—¿Y estos palitroques?—pregunto, señalando unas varas que veo sobre un baúl.

—Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me han hecho cuatro trajes para este deporte.

—¿Irás también al Club?

—No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean conocidos...

—Para serlo.