—Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.

—¿Y para que te vean?

—No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda?

—Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar?

—Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?

—Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.

—Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.

—La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a toda concepción triste de la vida.

—No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer.

—El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas, como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego, poco a poco, te vas lanzando.