—Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo empezar.

—No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de iniciar el modo de dar las primeras vueltas.

—¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...

—No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a salir.

—¿Por...?

—Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado?

—Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué destronamiento terrible!

—Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus hermanas, con misia Melchora...

—¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita, los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja es un golpe tremendo.

—¿Y qué hacerle?