—¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte. ¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata.
—No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se lo he dicho a Jorge y está conforme.
—Hijita, tienes un marido ideal.
—Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a Mar del Plata.
—¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...
—No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida? ¿No es justo, no es lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...
—¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!
—Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.
—Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría que me acompañaras a Mar del Plata!
—¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.