—Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar...

—No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley!

—Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro, hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...

—Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política. ¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien.

—En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle...

—¿Qué es?

—Muy guapo.

—No, mujer, digo en política.

—¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita, los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía...

—¿Está ya él en Mar del Plata?