—No; va el sábado.

—No hay nada, y sabes cuándo va...

—No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...

—Y tú ¿cuándo vas?

—El martes.

—¿Y él lo sabe?

—Sí...

—¡Y dices que no hay nada!...

—¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...

Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a brincos su joven corazón.